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27 de Diciembre, 2010 · General

ESCRITORES MARGINALES

Hay dos formas de editar un libro: financiado por una editorial o por el propio autor. En el primer caso, no es la calidad de la obra lo que determina su publicación. En realidad, los editores, quizás con alguna contada excepción, no leen otra cosa que las sinopsis y confían en lo que les recomiendan los lectores de su editorial, por lo general, amigos del escritor a quien van a editar. La capacidad  de los editores de juzgar lo valioso en literatura puede verse con un caso paradigmático: Lolita, de Nabokov. Libro rechazado por decenas de editoriales norteamericanas porque no era “ni pornográfico ni nada”, al decir de alguna de ellas como absoluta demostración de que no habían leído sino unas escasas páginas. Tampoco en Francia Lolita consiguió ser aceptada por alguna editorial seria. Cuando una editorial de pornografía barata y buena distribución lo hizo, se descubrió que Lolita era una de las obras maestras de la literatura del siglo XX y Nabokov un narrador excepcional.

 A Kafka no lo editó, en vida, ninguna editorial de importancia y, de lo poco que publicó, no logró vender más de unos cincuenta ejemplares, seguramente, entre sus conocidos. Después de muerto, se le consideró uno de los creadores más trascendentes de la historia de la literatura. El conde de Lautréamont, seudónimo del uruguayo Isidoro Ducasse, escribió una de las obras más importantes de la literatura Los cantos de Maldoror, con la que, en vida, debe haber batido el récord de los escritores y obras desconocidas ya que, de cincuenta ejemplares que imprimió, retiró uno solo de la imprenta. El resto quedó allí para que, por casualidad, muchos años después, André Bretón lo encontrara y permitiera que Los cantos se transformara en una obra casi única en el arte literario.

   Kafka o Ducasse pagaron de su bolsillo o un amigo les dio el dinero para editar y es éste el método más habitual. A mayor cantidad de dinero tenga el escritor, mayores sus posibilidades de una mejor distribución ya que podrá acceder, siempre pagando, a editoriales de mayor importancia. El padre de Bioy Casares pagó la edición de La invención de Morel,  y un amigo de Sábato se hizo cargo de los costos de edición de El túnel y Sobre héroes y tumbas. Ambos lo hicieron en dos de las más importantes editoriales de Argentina. Otros escritores, que no consiguen reunir los miles de dólares pedidos por las grandes editoriales para publicar sus libros, deben conformarse con hacerlo en editoriales pequeñas, caras para lo que ofrecen, y con una deficiente o no existente distribución.

   Naturalmente, sólo una ínfima minoría de todos los libros que se escriben reúnen las condiciones artísticas mínimas para su publicación. La mayoría son libros publicados con talento escaso, en forma prematura, no acabados, con falta de trabajo, poca autocrítica y mucho engreimiento de quienes los escriben. Pero, en la minoría valiosa hay mucho de injusto en la falta de buena edición y, especialmente, de distribución. Hoy día, el negocio del libro es manejado por pocas grandes editoriales que trabajan con escasas grandes distribuidoras, las que, a su vez, proveen, con absoluta preferencia, a las librerías de cadena. Éstas obtienen los libros a un 50% o 60% de descuento contra el 30 o 35 por ciento que consiguen las librerías pequeñas, ineludiblemente fundidas en su mayoría por la desleal competencia y, varias, transformadas en librerías de usado como modo de mantener la actividad de algún modo. Además del enorme descuento que logran las grandes librerías, trabajan a consignación y con cuentas corrientes que les permiten pagar con facilidades lo que venden. El pequeño librero debe pagar al contado o, en el mejor caso, alguna distribuidora mediana le abre una cuenta corriente limitada.

   Si un escritor que ha editado en una editorial pequeña quisiera distribuir su libro le resultará casi imposible acceder a las grandes distribuidoras y tendrá que recurrir a distribuidoras menores, las que distribuirán sin las posibilidades de que estos libros sean ubicados en las grandes librerías y, si lo son, éstas, por lo general, guardan las cajas sin abrir y sólo las abren si reciben un cliente que les pide el libro.

   En cierta oportunidad, uno de los propietarios de la más importante editorial argentina, al menos en ventas ya que no en calidad de lo que edita, aseguró que él no lee ningún libro y que no publica a nadie que no venga recomendado por otro escritor, en quien él confíe. Textualmente, afirmó que no publica un libro aunque su propia hija le asegure que es estupendo. 

   Muchos escritores de gran talento que comenzaron publicando silenciosamente han conseguido, en el caso de Argentina, un lento y reducido reconocimiento que, en ciertos casos, se agigantó con el tiempo, como Pizarnik o el ignorado en gran parte de su vida, Saer. Otros, como Dafne Villacoa, la estupenda poeta de los años setenta, muerta, como Pizarnik, por propia decisión, continúan, hasta hoy, siendo prácticamente desconocidos. Un caso particular es el de Juan Carlos Boveri, a quien Dafne tuvo como guía indiscutido y al que le escribió varios de sus mejores poemas. Boveri siempre actuó de forma marginal, en las revistas que dirigió y en los libros que publicó, no queriendo comulgar ni con grandes editoriales ni élites de escritores. En su caso, se trata de una actitud de vida y el no aceptar la integración al sistema del negocio editorial. De este modo, varios de sus relatos que son obras maestras y su increíble Dios se quedó dormido, publicado bajo uno de sus  seudónimos, permanecen conocidos por pocos que lo han ido convirtiendo en un escritor de culto. La escritora Laura Borello, muerta a los cincuenta años después de una muy larga enfermedad, a fines de los años noventa, con su bello libro Las puertas del antesya, en el que pueden encontrarse, al menos, dos poemas que son joyas de la poesía argentina; y su novela La que miente, de trama compleja y exquisito lenguaje, describiendo un imposible viaje hacia un sitio que no existe pero que la protagonista dice que ha estado allí muchas veces, la ubican, también, entre los escritores argentinos de mayor talento. Ella completa un grupo de muy buenos escritores unidos por el vínculo común de la marginalidad, lo que implica el distanciamiento de las grandes editoriales, distribuidoras, y medios de promoción.

   A ellos, como, sin duda, a Ducasse, le importó escribir sin pensar en los resultados que obtendrían sobre el público, si conseguirían fama o dinero. Se trata de verdaderos artistas, vedados de ocupar los sitiales que merecen. Sitiales demasiado llenos de pocos legítimos talentosos y de una mayoría de provisorios usurpadores. Por alguna razón, el más grande escritor norteamericano, William Faulkner, dijo, en referencia a los escritores: "Prefiero estar con mis caballos que con esa gente".

publicado por leticiajopre a las 17:11 · Sin comentarios  ·  Recomendar
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